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11 oct 2012

Cuentos de crisis: hemos vivido por encima de nuestras posibilidades


Lo mejor de la indignación es que a veces resulta estimulante. Las líneas que siguen han surgido como reacción inmediata tras ver el Salvados del 07/10/2012: Viva SpanienLo recomiendo en sí mismo y para contextualizar y entender mejor la reacción que sigue.
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Desmintiendo mitos

Comienzo haciéndome eco de la narrativa ortodoxa sobre la crisis, desplegada de norte a sur, aunque a base de repetición haya terminado cuajando también por estas latitudes: hemos vivido por encima de nuestras posibilidades y ahora estamos teniendo un necesario choque de realidad, poniendo los pies en el suelo. Hemos pecado, hemos sido irresponsables y debemos pagar por ello, se hace entender desde una concepción política y económica de influencia cristiana impulsada principalmente por la figura de la canciller alemana.

La verdad es que no estoy por la labor de presumir de comportamiento modélico cuando en este país nos excedimos en una vorágine de consumo desmedido, sosteniéndolo en el endeudamiento en la medida que se hacía necesario. Y es que quien no tenía un buen coche, un teléfono de ultimísima generación, se metía en una hipoteca o se gastaba 100 euros en copas todos los fines de semana era poco menos que un pringado. Pero si eso fue posible era porque efectivamente había posibilidades reales: las que ofrecía el crédito. Posibilidades a las que alentaba todo el sistema en su conjunto y que ofrecían de forma muy interesada las entidades financieras. Posibilidad que llevó consigo al endeudamiento de particulares y familias. Y así fue, como sin serlo, nos creímos efectivamente ricos. Y por ello es por lo que deja de cuadrar la maldita frase tópica del título, por manida que esté.


Algunos diagnósticos

En definitiva, resulta que aquí en su día casi todos se beneficiaron y animaron a ello, hasta convertir en una especie de antipatriota a aquellos que desafiaran un modelo de comportamiento basado en un consumo ostentoso. El consumo era el motor de la economía y nadie quería pensar en poner frenos a nada bajo ningún concepto, especialmente en el mercado inmobiliario. No existía prácticamente debate al respecto, y quien se atrevía a cuestionar tal senda estaba condenado a la marginalidad o a un desprecio respaldado por un amplio consenso. Resulta que ahora, después de todo, los mismos que alimentaron ese panorama se atreven a señalar a los ciudadanos por haber hecho caso de lo que ellos mismos pregonaban.

Entre tanto es de justicia resaltar algo: los ciudadanos deben efectivamente asumir su parte de responsabilidad. Su comportamiento distó mucho de ser ideal, y  tan absurdo como ignorar presión alguna resulta creer que estamos totalmente coaccionados para dejarnos seducir por esa avalancha de consumo y endeudamiento. Una responsabilidad que, por otro lado, dista mucho de la de las entidades financieras, por motivos como los que siguen.

Y es que, por denostados que estén ahora, la función de los bancos es esencial. Canalizan los ahorros de unos, a quienes les sobran recursos, y se lo prestan (con un determinado interés) a quienes carecen de los suficientes, de manera que posibilitan que el dinero circule y que quienes no tienen suficientes recursos puedan disponer de ellos para invertir, innovar o emprender proyectos. Primera función básica, que sirve para dinamizar la economía, crear empleo e incluso para promover la movilidad social. Es su segunda función esencial la que se ha descuidado en mayor medida: la gestión del riesgo. Es decir, para llevar a cabo la primera tarea, el banco debe valorar también de forma previa y minuciosa a quien presta el dinero y a quién no. De ello depende el éxito o fracaso de sus operaciones y lo positivo o negativo del impacto que la actividad que promueve genera en la sociedad. Bien pueden prestar a quienes tienen un perfil solvente y capacidad potencial de aportar mejoras a la sociedad con sus proyectos como a quienes demuestran lo contrario, careciendo tanto de competencias y potencialidades como de solvencia. En la medida en que rebajaron los criterios de emisión de crédito y se éste se dirigió de forma masiva hacia sectores de la población que encajan mejor en el segundo grupo se permitió que se extendieran deudas entre agentes que más tarde no han podido hacerles frente, llegando por ello a comprometer la salud financiera de las propias entidades (y más tarde en extensión de la economía en su conjunto, como viene pasando).

Es esta segunda función la que se ha dejado más de lado, descuidando el necesario control en pro de un mercado financiero y de crédito mucho más desregulado, que permitía la generación de riqueza por una vía mucho más rápida y menos costosa: a través de la compra-venta-compra-venta (amplíe el círculo tanto como quiera) de activos de deuda entre unas entidades y otras y de la acumulación de las plusvalías generadas en cada operación en base a los intereses como método de acumulación de dinero. Además de favorecer la concentración de riesgos al concentrar un peso excesivo de su actividad en el sector inmobiliario.

A pesar de todo, los ciudadanos no pueden eludir su parte de responsabilidad en tanto que se inmiscuyeron en esa vorágine de consumo y endeudamiento. Ciertamente se podía haber actuado de forma más responsable. Ni es necesario que todos tengamos un coche de gama alta, ni que todos tengamos que emanciparnos en régimen de propiedad ni ningún otro lujo similar. De hecho es bastante estúpido, y desde luego que hay alternativas (¡alquiler!), al igual que había y seguirá habiendo gente con otras preferencias e inquietudes. Pero la responsabilidad de las entidades financieras asciende de la moral particular a otra de nivel institucional. El ejercicio de valoración de riesgos al ofrecer crédito no corresponde a los ciudadanos, sino que es parte de la función institucional para la cual están concebidas las entidades de crédito. Y es por ello por lo que, a pesar de todo, el peso de la culpa no puede más que decantarse en una medida desproporcionada del lado de estas instituciones.


La resolución del problema

Tras ello, la agenda política ahora está marcada por el empeño particular de Alemania y general de Europa de seguir las recetas de austeridad y reformas para lograr los necesarios ajustes de cuentas de los Estados con problemas. ¿Cómo pueden persistir en tal empeño a pesar de demostrarse, tras la experiencia de años bajo su aplicación, que están resultando fallidas? Hasta los mismos organismos que las impulsan, como el FMI, reconocen a día de hoy que están teniendo efectos devastadores sobre la economía en forma de retroceso de la actividad y del crecimiento económico. ¿Con qué legitimidad pueden seguir dando lecciones todos aquellos que garantizaban con altanería que este era el único camino adecuado y posible? La ecuación es sencilla: gran parte del dinero prestado a particulares en España e invertido en un sobredimensionado sector inmobiliario provenía desde bancos alemanes (y de otros lugares del centro y norte de Europa), por lo que mantienen como prioridad absoluta el hecho de asegurar que ese dinero vuelva a sumar en sus balances. Los bancos alemanes dirigieron grandes cantidades de crédito barato hacia bancos españoles (favoreciendo el alto endeudamiento y la creación y sostenimiento de la burbuja), y estos a su vez a los ciudadanos y las familias de nuestro país. Si tal proceso derivó en la generación de una enorme deuda privada, y esto ha generado después un problema de falta de liquidez por parte de los bancos es debido, simple y llanamente, a un problema de mala gestión empresarial. A que prestaron dinero muy a la ligera y en tantísimos casos a las personas y sectores menos adecuados. Si el dueño de cualquier empresa o negocio privado lleva a cabo una mala gestión pagará inexorablemente con las consecuencias de la misma, excepto en el caso que nos ocupa. Esto no es así en la medida en que se está haciendo pagar al Estado (a todos los ciudadanos) por la mala gestión de las mismas. El Estado tuvo que salir al rescate de empresas (financieras) mal gestionadas, incrementando a raíz de ello notablemente su nivel de endeudamiento (que era más bajo que el de países como la propia Alemania, por cierto). De ahí ahora el empeño en sanear las cuentas de un Estado arruinado, porque en un ejercicio de agudeza y cinismo se ha llegado a imponer además que sea el mismo Estado quien avale y garantice si es necesario el pago de las deudas que contrajeron bancos y entidades financieras. Y para ello, lógicamente, el Estado debe de contar con el dinero suficiente en sus cuentas, alejándose de la presente situación de déficit. De ahí la necesidad de que paguemos ahora si hace falta hasta con recortes en servicios básicos, llegando a incrementar con ellonotablemente hasta las tasas de pobreza y desigualdad. Y, en última instancia, la necesidad de rescate que ahora se baraja, con el fin de garantizar como sea que esa parte del dinero que sirvió para alimentar esta crisis años atrás vuelva de nuevo en dirección norte hacia casa.

Ni siquiera es libre mercado. Es que es aun peor.



PD. El vídeo termina con una reflexión que refleja otro dilema muy candente en los debates sobre el mercado de trabajo: la supuesta necesaria elección entre una situación en la que predominan unas altas tasas de desempleo (como la de España) u otra con unas tasas menores pero una con una mayor preeminencia de empleo de peor calidad (el reciente caso alemán o el paradigma clásico de los Estados Unidos). Desde una perspectiva liberal se suele abogar por lo segundo, argumentando que cualquiera preferiría tener un minijob, trabajo parcial o trabajo precario antes que nada, por lo que se precisa favorecer una mayor flexibilidad. De hecho, según se plantea el esquema hasta yo me daría por convencido. El problema viene si valoramos que tal esquema puede resultar en exceso maniqueo. Es digno negarse a ser tan conformista, a rebajar tanto las expectativas de lo posible y no concebir otra alternativa que vaya más allá que la de converger con marcos laborales más propios de países en vías de desarrollo. Décadas y años atrás hemos vivido (algunos países lo siguen haciendo de hecho, no es materia de utopía) experiencias de empleo mejores, con trabajos más seguros o mejor remunerados. Asumir ahora, con la posibilidad que brinda todo el extenso desarrollo tecnológico acumulado, que eso no es posible y que no podemos ser más productivos suena a cuento chino (nunca mejor dicho). Me lleva a pensar que seguramente la realidad diste mucho de que no se pueda generar suficiente riqueza y trabajo para una mayoría, considerando mucho más plausible la hipótesis que dicta que el problema puede radicar en cambio en que éstos estén distribuidos de un modo muy desigual. Con todo, cuesta no concebir otra alternativa al esquema planteado. Otra cosa es que haya intereses de por medio.

9 abr 2012

Pequeños detalles de gran calado

El entorno de por si era romántico. Estaba tomando una taza de té con aroma a crema en un local que ofrece cultura por partida doble: tanto en los estantes que rebosan de libros en cada una de sus paredes como en la gastronomía que ofrece este lugar de decoración cuidada (cafés, diferentes tipos de cervezas y vinos e incluso algunas tapas de sobra elaboradas y dignas para tratarse de una ciudad de segunda del norte de Europa). Entre tanto y tantas sonó una canción que me llamó poderosamente la atención. Pocas veces escucho algo que me entra a la primera, de forma decidida. Ante la cantidad ingente de flujos de contenido musical disponible hemos desaprendido a valorar bien sus cualidades, saltando de un botón a otro de forma apresurada y tratando de saciar nuestro deseo mediante indicadores cuantitativos. De hecho pienso que si hubiera sonado de forma aleatoria en una de tantas listas de Spotify u otro reproductor del ordenador quizá no le hubiera prestado la misma atención. Pero el ambiente era el propicio, y el caso es que me llevé una grata sorpresa. Qué grupo sería el que estaba haciendo esto y qué hacía yo que me lo había perdido hasta ahora. Necesitaba saber el nombre de este nuevo grupo que parecía que podía revolucionar mi panorama musical particular. Una propuesta contemporánea que parecía me podía entrar de lleno, como no es usual. La verdad es que rebosaba de ilusión. Adoro cuando la ocasión permite hacer gala de costumbres en peligro de extinción, como la de los descubrimientos y recomendaciones públicos y personales, por el boca a boca y oido a oido. El tiempo iba ya en mi contra, así que decidí acercarme a la barra y preguntar a uno de los universitarios que gestionan el local  por la autoría del hilo musical que entre tanto ajetreo estaba a punto de finalizar. Al investigar más tarde en casa sobre el nombre mencionado es cuando me llevé un pequeño chasco que reforzó mi autopercepción como clásico: nada de nuevas propuestas sino todo lo contrario, quienes sonaban eran unos viejos dinosaurios del rhythm and blues.


El momento era uno de esos en los que te recreas en los pequeños placeres. Que sueles degustar solo y hacia dentro a sabiendas de que difícilmente vas a poder compartir la emoción del momento. Creo que por eso es harto difícil, a pesar de los daños, separarse de alguien con quien has generado una conexión que te permite compartir lo que te sale de más adentro abiertamente y con franqueza. Por lo que creo también que toda relación humana en la que no se logra generar cierta conexión y confianza que permita compartir ciertas inquietudes está abocada al fracaso. De un tiempo a esta parte he caído en la cuenta de que cada vez dedico un mayor interés y esfuerzo a tal menester, ignorando progresivamente todo lo que puede distorsionar el resultado. Pero en este caso otro detalle más me hizo ver que este no podía ser, ni de lejos, el caso: cuando una de las compañeras de mesa se mostró tan extrañada por la curiosidad que me había suscitado una canción que difícilmente tendría hueco en cualquiera de las principales emisoras de radio o televisión. Nada excepcional, solo que me hizo hilar y pensar que era otro de tantos de esos momentos en los que te hacen sentir extraño. Empiezas sintiéndote de tal manera hasta que pasas a discurrir ya en frío que quizá la patología no reside en uno mismo sino que quien desarrolla la enfermedad puede ser el organismo social en que uno habita. Un organismo que genera normas y consensos que llegar a hacerte sentir también singular por decantarte usualmente por lugares como el Palenciano, el Melo´s o similares antes que por cualquier otra franquicia multinacional de cara factura en la relación calidad-precio. Cuando te llegas a sentir hasta intimidado cuando ves que se te exije una respuesta convincente con los motivos por los que uno ni tiene televisor ni le preocupa en absoluto el no hacerse con uno ni al corto ni al medio plazo. O porque la posesión de buen coche sea otra de las cosas que menos sueño te quitan. Cuando después de visitar toda una ciudad observas que a una de las compañeras de viaje lo que le preocupa realmente es la localización del centro comercial, que al parecer no ha visto. Y piensas en la manera en que gusta de invertir el tiempo de ocio y las posibilidades de desarrollo gran parte de los comunes, tanto de mi misma generación como de otras. Y te vuelves a sentir un perro verde, tantas veces contrariado. Aunque sepas que muchos de estos momentos también resultan reconfortantes.



21 mar 2012

La igualdad, y no ya tanto el crecimiento económico, como motor del bienestar


 Juro que no lo haré a menudo, pero de forma excepcional voy a dejar también por aquí algún enlace a escritos de temas aparentemente más serios (política, economía, sociedad, etc). Al fin y al cabo no es más que el reflejo de mi otra gran pasión. Para quien le pueda interesar: